Las mobulas voladoras del Mar de Cortés

Investigación y artículo de Paul Albert

Fotografía e historia de Michael Albert

Traducción Ana Rosshandler

6.26.05

No lejos de Cabo Pulmo, una terracería surca la costa occidental del Mar de Cortés. Solitaria, los ocasionales camiones, por compañía, tienen sólo una que otra  vaquilla flaca de costillas protuberantes y lento vaivén. Echadas bajo la sombra fugaz  de un Palo Fierro,  tres o cuatro marcan recodo las distancias. Los cardones, recias almenas de diez metros, ocupan perseverantes el resto del pedregoso paisaje.

Abril corre risueño y mi camioneta se ha convertido en una nube de polvo durante los últimos 80 kilómetros del trayecto. Apagó el motor y espero que la tierra se asiente.  No puedo ignorar ciertos destellos minúsculos refulgentes recogidos de soslayo por mis ojos ni una lejana bulla que el ronroneo de la máquina no logra opacar del todo.  ¿Qué serán esos lejanos brillos? ¿Delfines? ¿Cardúmenes en retozo? Después de cinco kilómetros aún no tengo la más remota idea. Sin embargo,  basta  una ojeada a través de los  binoculares para embelesarme. Frente a mí, criaturas jamás vistas: Mantarrayas Mobulas.

Con una hora de luz a lo sumo, con premura desmonto el kayak mientras mi hermano se encarga de montar el campamento. Ya en el agua, me siento ansioso; ojala el sol se preste  benevolente. A remo, una media hora más tarde, ya estoy en medio de un lago, mota pequeña, con seres inverosímiles, planos y ligeros,  volando sobre mi cabeza y atropellándose unos a los otros. Algunos, a la distancia; otros, apenas a unos cuantos metros. Desde la orilla,  un filo tan alejado que no alcanzo a ver nuestro campamento improvisado, sólo avisté aproximadamente una docena pero ahí descubro que son cientos, y más aún me asombró cuando después de un vistazo al fondo verdoso rebosante de plancton me encuentro una alfombra acariciando terciopelo el océano. Helas ahí, deslizándose armonía: cientos de papalotes negros en procesión.

Tanto las mantas como las mobulas  pertenecen a la Familia Mobulidae, un grupo del que se conoce poco. De hecho, hasta no es inusual confundirlas entre sí. Un investigador me señaló con precisión sus características, otro usó ambos términos de manera irrestricta. Sin embargo, para  los locales no existen las distinciones. La totalidad de las cuatro especies de mobulas endémicas del Mar de Cortés ((tarapacana, thurstoni, munkiana y japanica) así como la mantarraya gigante se llaman cubanas. Evidentemente, la tonalidad oscura de estos animales remite a los habitantes de la isla oriental.

Es un hecho que las mantas, en especial la Mantarraya del Pacifico,  llegan a crecer inmensidades; la circunferencia de sus discos pueden fácilmente alcanzar los ocho metros. En cambio, las modulas no exceden los tres. Durante la elaboración de este artículo, le mostré, por separado,  la serie de fotos aquí incluida a tres investigadores. Todos coincidieron en señalar que los individuos retratados pertenecían al género Mobula. Sin embargo, cada uno mencionó una especie distinta. Sin lugar a dudas, la fotografía no constituyen en sí mecanismo idóneo para distinguir las diferencias entre variedades de mobulas.  Tanto el tamaño, la  forma y la pigmentación son definitivas pero hay ciertas diferencias entre una y otra especie que requieren una intimidad entre el observador y su objeto de estudio; entre otras, se me ocurre, variaciones dentales y nervadura craneal.

El saber que el diámetro de los discos de estas especies de Mobula no excede a poco más de un metro, tampoco resulta de gran ayuda ya que pueden diferir en unos cuántos centímetros. Por si fuera minucia, ¿no sería factible confundir a todas estas saltarinas mobulas con individuos juveniles de una especie con dimensiones mayores?

Al menos, queda el consuelo de no ser el único confundido. En las últimas décadas, imponer nomenclatura  a los mobúlidos ha representado inusitados desafíos. En 1987, el Dr. Giuseppe Notarbartolo di Sciara, investigador italiano, describió una especie de mobula hasta ese entonces desconocida para la comunidad científica.  Él la denominó Mobula munkiana, y me contó que los pescadores de Punta Arena de La Ventana, lugar no muy lejano del punto donde boté mi kayak, la conocen ampliamente. De hecho, la han bautizado con el sobrenombre de “tortillas”  que remite a la habilidad de estas especies para volar cual aves.    

Según él, las “tortillas” son más saltarinas que otras especies, nunca crecen por encima de un metro en diámetro y viven en cardúmenes. Después de una ojeada a las fotos apenas se comprometió a una suposición.

De acuerdo con las investigaciones del Dr. Notarbartolo di Sciara, M. munkiana se alimenta de Mysidium, una especie de crustáceos microscópicos. En cambio, el Dr. Carlos Villavicencio, jefe del Laboratorio de Elasmobranquios de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, en su oficina al pie de desérticas montañas afirma que no puede aseverar con exactitud que alimento ingiere cada especie. Me sugiere que las mobulas, en general, se nutren de eufásidos o “poliquetos”. “las condiciones ambientales del invierno”, explica, “estimulan la reproducción de eufásidos en las aguas profundas entre la Isla Cerralvo y San José del Cabo”.  Advierte que las mobulas no usan su dentadura para ingerir alimento; en lugar de ella, disponen de placas de filtración en sus branquias que a manera de tamices, capturan crustáceos y otras minúsculas criaturas.

Los ires y venires de las mobulas son hasta la fecha un misterio. ¿Por qué razón algunos cardúmenes se desvanecen por semanas de un área donde parecen pacer tranquilas? El Dr. Notarbartola di Sciara asegura que estos “pulsos”, como él los denomina, obedecen a patrones de pesca particulares. La M. munkiana, a diferencia de otras especies, habita el norte del Mar de Cortés durante los veranos y el sur, alrededor de Cabo Pulmo y La Paz, en el invierno. Notarbartolo di Sciara propone dos explicaciones plausibles y contradictorias a la vez. Se trata de una competencia franca por el alimento con sus primores de mayores dimensiones; o bien, un simple fluir ajustándose al movimiento de la presa.

De pronto, ¡wuuush! Sin sobre aviso emerge una mobula. Un terso y alargado cuerpo brilla en la luz tenue del atardecer y una cola látigo deja una estela sobre la superficie. Enseguida, un golpeteo tras otro, quizá una cabriola o dos y luego una sumergida. Una y otra vez se repite la misma acción. En ocasiones, sólo un golpe; en otras, un giro o dos. Una, en particular, realizó una serie de brincos mientras otras sólo saltaron para rápidamente desaparecer. Soy testigo de su habilidad para irrumpir del agua, un tercio de su cola sumergido y rotar sobre su eje. A veces ni siquiera veo eso. Únicamente distingo un remolino en el agua. Notarbartolo di Sciara escribe que hace 20 años atestiguó, incluso, un triple mortal. De acuerdo con sus observaciones, algunas mobulas alcanzan alturas del doble de su diámetro, aproximadamente dos metros.

Brincar es una actividad usual de estos animales; sin embargo, se dice que sólo las variedades pequeñas la desarrollan. Esta aseveración no parece del todo acertada para quiénes hemos sido partícipes de su sanguíneo vaivén bajo el agua ya que la antigüedad registra un sinnúmero de relatos durante los cuales rayas diabólicas impresionantes perforan el casco de una nave. De hecho, tanta la prensa como la red ofrecen un sinnúmero de explicaciones al respecto. Estas fuentes, por lo general, inician: “Científicos piensan...”. No obstante,  ninguno de los investigadores con quienes platiqué, me brindaron una razón definitiva; incluso, hubo quienes se negaron a desacreditar ninguna. Karry Kumli, investigadora del Pacific Manta Research Group de la Santa Rosa Junior College , me señaló reiterativa que no existe una teoría en concreto; a lo sumo, hay meras opiniones. ¿Obedecerá esta conducta a la necesidad de desalojar las rémoras que se alojan en su dorso? ¿Responderá a una especie de práctica para ejercitar ciertas habilidades para pescar?  ¿Será sólo juego? O bien, ¿será una manera de pesca colectiva, un mecanismo para  enviar al alimento mediante vibraciones a las bocas de otras mobulas que lo aguardan bajo la superficie?

Decido entrevistar a Keller Lavos, un buzo especializado oriundo de Hawai. Laros es el creador de un curso dedicado a buzos interesados en mantarrayas. Durante años se ha dedicado a observar el comportamiento de las Mantarrayas del Pacífico, la prima gigante de las munkianas, bajo el agua. De acuerdo con sus impresiones, la conducta acrobática de las mantarrayas  más pequeñas para alimentarse no difiere en mucho con sus patrones bajo la superficie. Debajo del agua, las mantarrayas realizan una y otra vez cabriolas para acorralar a su presa. A medida que se mueven dirigen el caldillo verdoso hacia su boca auxiliándose con sus lóbulos cefálicos; ambos, perpendiculares en su cabeza. Cabe señalar que el acto de brincar podría hasta ser accidental. Karey Kumli es de esta opinión. Ella piensa que son arrojadas del agua debido al impulso de las ondulaciones mismas.

 

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