Las mobulas voladoras del Mar de Cortés (cont'd)
“Piénselo”, me dice. “Nos preguntamos el por qué brincan; quizá, deberíamos indagar el por qué no. Desde un punto de vista práctico, sería absurdo evadir la ligereza del aire”. Prosigue: “Recuerde que en el aire la más leve inclinación de la aleta las induce a la acrobacia”. En conclusión, las mobulas giran por el gozo de sentirse ligeras.
De alguna manera, yo me inclino por la opinión de que este ejercicio obedece a un patrón de pesca. Sus zangoloteos y cabriolas me parecieron, desde la primera vez, cumplían un propósito. Tal vez no sea así. Quizá me equivoqué.
Sin embargo, no es descabellado pensar que simplemente juegan. Al menos, así parece desde la óptica del observador. En comparación con sus semejantes acuáticos, las mobulas poseen un cerebro de proporciones relevantes. De hecho, el peso de su cerebro es similar al de los mamíferos.
Algunos mobulidos, las mantarrayas en particular, exhiben un comportamiento juguetón con sus contrapartes y los buzos mismos. Algunas buscan el contacto humano. Llegan incluso a acercarse para recibir una caricia o a frotarse en las burbujas que desprende el buzo. No obstante, las mantas entre las cuales remé ostensiblemente me ignoraron, cautivas de su propio frenesí. En ocasiones aterrizaban tan próximas a mi kayak que apenas y alcanzaba a proteger mi lente bajo la camisa de los torrentes de agua. Me daba la impresión que ni siquiera notaban mi presencia. Yo, a mi vez, me preguntó si estarán ahí la temporada siguiente.
Lucio Almaráz está chimuelo; su boca luce abismo por en frente. De cualquier manera, tiene personalidad. De entrada y de salida agrada. Por lo general, sonríe y cuando lo hace, lo hace con todo el rostro. Después de unos días en su compañía, creí percibir el peso que la pesca a pequeña escala tiene para quienes viven a la orilla del Mar de Cortés y de cómo su destino está ligado al de las mobulas.
Lucio Almaraz en su panga.
Lucio se ha dedicado a la pesca de cubanas desde niño. Su pueblo, San Juan de la Costa, vio mejores tiempos pero después de un huracán que arrasó con una mina de azufre, el futuro se volvió incierto y 500 personas abandonaron sus hogares. Ahora sólo viven en San Juan cinco familias de las cuales una es responsabilidad de Lucio. Cada semana, el gobierno los provee de agua dulce, y un sacerdote los visita cada dos.
Sus herramientas de pesca son rudimentarias: un arpón de hierro oxidado, un compresor de aire, un traje de buzo ajado (nada similar a lo que se encuentra en las tiendas de buceo en Estados Unidos), y la hoja de un cuchillo a punto de desvanecerse de tanto afilarse.
Lucio es fatalista. Supongo que la vida frente al mar lo labró así. Una noche de enero, ya tarde, toda su familia en cama, me reúno con él a la intemperie. El día que ambos dejamos atrás difícil. Lo contemplé sumergirse quince metros en busca de almeja chocolata mientras su hermano bombeaba el compresor para suministrarle aire. Cuando finalmente emergió, temblaba a un tris de la hipotermia. Por encima del vaivén del agua, escuchábamos un ruido sordo a la distancia. Lucio permanecía incólume. “Mal asunto”, exclamó. El ronroneo pertenecía a un camaronero. Después de haber pasado un verano en un barco salmonero, le pregunté el por qué de las luces apagadas de esta embarcación. “Lo que se dice ilegal...”, me respondió. Los camaroneros raspan el fondo oceánico y sólo aprovechan el camarón. Los sobrantes simplemente los regresan, ya muertos, al mar; depredadores sin ton ni son por excelencia
A la mañana siguiente me encaminó con él hacia su panga de fibra de vidrio cuyo motor de 40 caballos reposa fuera de borda. “Hoy es un buen día para cubanas”, dice su hermano a manera de aliento. A medio camino, nos encontramos con los remanentes del paso del camaronero. Botetes, pargos, cabrillas, viejas, roncadores y peces piedra§, yacen sobre la arena. Algunos, ni siquiera miden veinte centímetros; otros, ni cinco. Las gaviotas a su alrededor, inusitadamente calladas, nos contemplan solemnes. De seguro, se acaban de dar un banquete.
Arponear una mobula es una tarea casi imposible a menos que se tienda calmo y asoleado ya que sólo entonces emergen a la superficie para tomar el sol. En ocasiones, sus lánguidas aletas aladas apenas y se divisan, en otras, anuncian su presencia con su golpeteo sobre el agua. Estas mobulas pertenecen a una variedad distinta a la que observé en Cabo Pulmo. Son más grandes: sus diámetros miden alrededor de dos metros y parecen no agruparse tanto. De pronto, se avista una japanica delineándose arco mientras me afano en el motor. “Cubana”, susurra Lucia en un tono opaco pero pleno de significado. Se abalanza sobre el arpón, sus amarillentos ojos refulgen con intención. Lo lanza. La línea regresa a él vacía. Un par de horas después regresamos a la playa con las manos vacías. “A veces”, me comenta pausado y de soslayo, “mi arpón me queda mal”.
Su aroma encandila a una cuadra. Las calles paceñas rebosan de puestos de tacos de pescado. A cambio de un dólar, puede uno elegir entre un bocado de pargo, marlín ahumado, camarón o “manta”. La gente se aglomera pero se dispersa rápido. Sobre el asador se calientan tortillas y los trozos de manta se fríen con chiles y cebolla. Ambos aromas despiertan el apetito. El taco se acompaña con unas gotas de limón y tomate picado. El resultado es delicioso. La carne de la cubana me recuerda a la del mero: un poco más dura, tiene un ligero sabor astringente.
Podrán llamarla carne de pescado; en realidad, se trata de carne de mobula de la variedad japánica ya que tiene una tonalidad blanca y es la única que se vende fresca. Los pescadores como Lucio, después de pescarla y filetearla (algunos obtienen hasta 40 kilos por día) reciben seis pesos por cada kilo (el equivalente a 30 centavos de dólar). Esto a lo sumo asciende a veinticuatro dólares, un monto bastante modesto bajo cualquier circunstancia. Con lo que respecta a las otras variedades, la Mantarraya del Pacífico, Mobulathurstoni o la munkiana, se salan y se secan antes de venderse a una taza aproximada de 18 pesos el kilo. La carne tiene un tono grisáceo, casi negro.
De hecho, pescar cubanas no tiene para Lucio mucho sentido. “No vale el esfuerzo”, afirma. Si pudiera se dedicaría a especies que le retribuyeran lo suficiente para arreglar su embarcación; o incluso, comprarse un camión. Desafortunadamente, tanto Lucio como otros pescadores sólo pescan lo que pueden, lo que se encuentra a la mano. “Hay una temporada para todo”, señala. Según su testimonio, arponea tiburón a finales del invierno y durante la primavera, sus hermanos y él viajan al Pacífico donde pescan camarón con tarraya. Durante el resto del año se dedican al pargo, el pulpo, el dorado y las almejas chocolates.
Paradoja de la biología marina: pareciera que los pescadores se enteran antes que los científicos. Aun cuando Lucio evita hablar del pasado, sí admite que hace diez o quince años había más tiburón. Las cosas, es obvio, han cambiado. Exactamente qué tanto, todavía incógnita. Los estudios serios sobre capturas son escasos y poco concluyentes.
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Fluent in English, Spanish, Norwegian, and French, Michael is at home in other cultures, having lived and travelled extensively abroad.
A productive photographer in different social and natural environments, Michael attributes his favorite images to patience and curiosity. He sees each assignment as an opportunity to learn something new.
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Paul is Digital Services Librarian at Weill Cornell Medical College in New York City. He has solid experience as a web designer and is available for hire.
Paul's hobbies include speaking about himself in the third person.
:: Review of the Benefits of Fisheries (from SeaWatch)
:: Thoughts and notes on the Sea of Cortez (from SeaWatch)
:: Bycatch-- Fish and animals wasted (from Monterey Bay Aquarium)
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:: Mobula munkiana species summary (from FishBase)
:: Mobula japanica species summary (from FishBase)
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